Vivir bien es vida plena: la concepciòn occidental de la «buena vida»


En la tradición occidental la buena vida se nutre de dos fuentes: por un lado, el mito bíblico del jardín del Edén y, por otro, la visión aristotélica que liga la buena vida a la vida en la ciudad. En ambos casos se observa la separación respecto de la naturaleza y la definición contrapuesta al trabajo. Como sabemos, el paradigma semita separa a Dios de Naturaleza y, en medio, coloca al hombre como mayordomo encargado de concluir el trabajo creador, dominando la Tierra que el Creador puso a su servicio.

El cristianismo trabajará la experiencia nómada de sus raíces semitas entendiendo que el hombre se encuentra en camino hacia su patria de verdad: la Ciudad de Dios; mientras tanto está de paso en este mundo. Sin este ethos no hubiera sido posible la revolución industrial que da cumplimiento al mito de origen: “Dominen la tierra”. No se puede dominar la tierra si tenemos conciencia de ser parte simbiótica de ella.
Incluso antes de la Caída, en el jardín del Edén, la naturaleza sólo se pensaba como un huerto cerrado, cultivado, separado de la maleza silvestre, la jungla, y donde el hombre vivía sin trabajar, en un estado de ocio perpetuo. Justamente, el castigo bíblico resulta ser el trabajo: “comerás el pan con el sudor de tu frente”.
Para los griegos la noción de buena vida estaba ligada a la vida en la polis. La ciudad entendida como el espacio ideal en que se realiza la buena vida, por oposición al espacio bárbaro: incivilizado, que está ligado a la agricultura, al bosque y, por tanto, a la naturaleza como opuesta de la cultura.


El ideal griego de la buena vida estaba vinculado a la actividad contemplativa, al desarrollo del intelecto, del cuerpo y de las artes, a la política y a la posibilidad de disponer de tiempo libre para hacer lo que el espíritu demande. El trabajo manual, vinculado a los menesteres agrícolas y domésticos, no ha estado nunca asociado al arte del buen vivir. Según ellos el trabajo manual rebajaba la condición humana, por eso estaba destinado a mujeres, no griegos y esclavos que no eran considerados seres humanos civilizados.


De ahí que, en las utopías europeas, las máquinas deberían sustituir el trabajo humano. Estos son los mitos que han alimentado las utopías modernas. El costo de esta utopía es que necesita que dos tercios del total (antes, los esclavos y mujeres; ahora, el mundo no desarrollado) posibiliten la buena vida de una minoría (antes, los polites;
ahora, las clases altas de los distintos paises). En este modelo que separa al hombre de la Naturaleza, la mente del cuerpo, el campo de la ciudad, etc., no es posible la buena vida para todos.


En los Andes, en cambio, se construye otro paradigma de la buena vida que se basa, justamente, en lo opuesto del modelo occidental. No es la ciudad, sino la chacra; no es la separación sino la simbiosis con la naturaleza, el espacio-tiempo de la calidad de la vida.
Sumaq Kausay, el buen vivir en la cultura andina.


«El Sumak Kausay, el “buen vivir”, implica la necesidad de sentir, pensar, decir y hacer la vida con alegría: reír más y aprender y, a la vez, compartir lo aprendido con alegría», dice Patricio Guerrero Arias.

También hay quienes hablan de la «vida dulce» en referencia a una situación en la que sus chacras florecen, tienen animales que criar, tiempo para compartir festivamente, hay agua y existen montes y praderas donde pastar sus animales, pueden acceder a los recursos lejanos a través del control vertical y, por tanto, disponer de los bienes suficientes para la reciprocidad, de donde surgirán los valores humanos: amistad, alianza, confianza, cooperación mutua, que serán cultivados a través de la conversación y la contemplación, facilitada por el acullico.

La sensación de la vida dulce es descrita como una vivencia interactiva y cotidiana de tener a mano lo necesario y suficiente dentro de un modo de vivir austero y diverso, lubricado por el cariño, que no excluye a nadie. En este modelo de austeridad, equilibrio y suficiencia de lo bueno, bello y necesario, nadie está excluido, ni los dioses ni la naturaleza.

Del libro «KiSud: una expresiòn de la cultura americana» de Claudio Marquez, Uriel Satori Editores, Buenos Aires.

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